El mundo se enamoró locamente de los fósiles; le duele enterrarlos; ha sido para muchos su pareja ideal. A ellos deben su riqueza; es incomparable. Extraer a US$15 o US$20 y vender a US$70 y US$80, en tiempos malos; no hay algo mejor.
De ahí que su apego sea entendible. Dicen que el daño al Planeta, no ha ocurrido, o ha sido mínimo. Pero también aceptan que estarían dispuestos a abandonarlos; aunque sería atentar con compromisos que son sagrados. Casados hasta la muerte!.
Bajo esa premisa, no hay clamor científico que valga para lograr que se frene el calentamiento del hogar. Planeta solo hay uno, dicen las pancartas.
Así que hablar de transición, es imprudente, para algunos entendidos y en algunos auditorios. Que las cosas, sigan como han estado, desde hace siglo y medio. Más rentable apurar y mantenerse enviando toneladas de carbono al cielo raso, que ver si es cierto que su contaminación está afectando la salud, la calidad de las aguas y del aire; que romper rocas, a punta de químicos -que son reserva del sumario-, es cosa de libertad de empresa y de seguridad nacional. No es tema de discusión.
Mientras tanto, médicos, epidemiólogos, ambientalistas, continúan escarbando datos, para ver porque padecen anormalidades y cáncer, las mujeres embarazadas y los hijos, que viven cerca de los pozos y las refinerías.
Si la transición hacia las energías limpias, tiene tantos tropiezos, como las metas para controlar el cambio climático; que esperarse en los barrios marginados, de poder disfrutar, en algún futuro, de un ambiente sano.
Peor aún, la situación de los países que no tuvieron la suerte de tener en sus entrañas los codiciados fósiles, están destinados, a sufrir, con menos recursos, el clima abrumador. A propósito, alguien dijo por ahí: de algo se tienen que morir!
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