“El poder de clasificar una sustancia —de decidir qué se considera medicamento y qué contrabando— es una de las formas de soberanía más trascendentales que existen. Una misma molécula puede ser un analgésico que salva vidas o un narcótico ilegal, dependiendo de quién la produzca, quién la venda y qué gobierno dicte las normas.
Una historia que se repite, dice el historiador de la Universidad de Boston, Benjamin R. Segiel, al comentar su nuevo libro “Mercados del dolor: Opio, capitalismo y la historia global de los analgésicos”, y como, Estados Unidos, heredó de Inglaterra el sistema de comercio del opio, aplicado primero en China y luego en la India.
“Durante la mayor parte del siglo XX, ese gobierno fue Estados Unidos. El régimen internacional de control de drogas que Estados Unidos ayudó a construir no solo regulaba los narcóticos, sino que le otorgó a Washington una enorme influencia sobre las políticas agrícolas y comerciales de naciones soberanas. Países como India y Turquía, cuyas economías habían sido moldeadas por siglos de producción de opio, se vieron sometidos a las decisiones estadounidenses sobre qué podían cultivar, cómo podían procesarlo y a quién podían venderlo.
“La historia demuestra que el problema nunca reside en la molécula en sí, sino en el sistema que la rodea: quién controla la producción, quién se beneficia de la distribución, quién tiene acceso a ella y quién sufre las consecuencias cuando las cosas salen mal. Mientras no abordemos los sistemas políticos y económicos que determinan cómo circulan los opioides por el mundo, seguiremos repitiendo el ciclo.
Fuente: Universidad de Boston
Tu Opinión es importante